El humo del cigarrillo envolvía mi curtido rostro y se elevaba mansamente en el aire frío mezclándose con la gélida brisa; marché raudo de regreso entre sombras cada vez más largas y tétricas, mi cabeza daba vueltas, poblada de dudas que aún me atormentaban, la luna ya se había levantado sobre el mar, tumefacta, redonda, roja como la sangre, y salpicaba el océano con un reflejo repulsivo; en medio de ese sinuoso camino reparé que sobrevolaba el cielo una bandada de cuervos vestidos de negro; cuyas siluetas se entremezclaban con el lóbrego paraje, cuervos de corazones palpitantes y agitados luego de haber volado por un trozo de cielo muy amplio y obscuro como una conciencia perturbada.
Al final del sendero se erguía majestuosa la antigua casa familiar, de arquitectura Victoriana, esa maldita casa, mezcla de resabios góticos con pobreza campirana; sus exagerados arcos y marcados dinteles le otorgan un cariz lúgubre de enfermiza premeditación; rodeada de imponentes y agrestes pinos que permitían ha regaña dientes el paso de la luz de la luna que se vertía prístina y manceba sobre las copas de los arboles. Mi mente divagaba entre retazos de felicidad y fragmentos inconexos de escenas confusas, pero algo yacía de forma clara en mi intricada maraña de ideas; estaba dispuesto a enfrentar a ese bastardo que me privo del tesoro más preciado y que me alejo para siempre de la mujer que amo; Valentina por los ángeles llamada, perfecta musa de marfil, tallada con maestría e inspiración, con esmeraldas de indescriptible fulgor en lugar de ojos, que se abrían paso a través de oscilantes cabellos rubios, delicada mujer cuyo ser engendró en mí lo mejor y a la vez mis más reprochables conductas.
Ignominioso el destino que laceró sin vacilación mi ya dañado espíritu con tu ausencia y que ahora me otorga la posibilidad de resarcir mis errores saciando mi odio con sangre, néctar de vida y elixir de libertad para las almas abrumadas. Al acercarme al pórtico de rechinantes y enmohecidas maderas, mis latidos presentaban una celeridad trepidante, la pequeña escalera crujía sordamente en la soledad de la noche; el sudor en mis manos me impedían coger de forma correcta la empuñadora de mi arma; sí, un arma, una Colt semiautomática con su cargador atiborrado de balas, esta resbalaba caprichosamente entre mis temblorosas manos en una escena de dramático frenesí; mire la puerta y se encontraba entre abierta, y un destello fútil emergía desde el interior de la casa, ingresé con sigilo apuntando al frente con seguridad, pero debí esperar un instante para que mis ojos se acostumbrasen a la penumbra, me deslicé como animal reptante siguiendo a su presa y encontré el origen del insípido fulgor, un televisor encendido sin señal, emitiendo ese ruido desagradable y perturbador, enfrente de este había un sillón de aspecto anacrónico bañado por la luz; miré alrededor y noté que el pasillo tenía un aspecto polvoriento y abandonado, y que las puertas de las habitaciones se encontraban abiertas de par en par aumentando la sensación de vacío y soledad.
Finalmente, comencé a subir la escalera que llevaba al segundo nivel, esta parecía más angosta y empinada que de costumbre, en las paredes colgaban fotografías de mi mujer, en momentos de felicidad pasada, escenas estáticas de realidades muertas, al llegar arriba me encontré con el corto pasillo que llevaba a la alcoba principal, su ajada puerta tenía el pomo oxidado, el cual gire con parsimoniosa lentitud y este emitió un ruedo penetrante que rompió el desolador silencio; y allí estaba frente a mí, con los ojos irritados por las lágrimas, pálido, carente de vestigios de racionalidad, con la mirada perdida y demencial, las imágenes se presentaban como un sueño que se desarrollaba con cruel lentitud, tenía tiempo para verlo y sentirlo todo, y a ello se sumaba el horror de revivir hechos que se encausaban hacia un desenlace predecible, sentía que el miedo desplegaba sus alas en mi garganta, sofocándome; su rostro exangüe, petrificado en una mueca desquiciada me perturbaba; lo encañoné con vehemencia, y este hizo un movimiento como queriendo hundirse en el suelo, se aplastó contra la pared y escondió su boca en el hueco que formaba su codo doblado, lanzaba miradas furtivas con temor y avidez a las sombras que cruzaban presurosas la ventana de la habitación presas de una danza arrogante entre luces y penumbra.
Rompí el silencio con un grito desgarrador y entre sollozos le pregunte:… ¿Por qué?, el musitó con lapidaria frialdad: …no mereces la felicidad que ella te proveía… ¡estúpido egocéntrico!.., tu naturaleza esquiva, rencorosa, poblada de resentimientos y odios mal sanos; tus pueriles comportamientos la alejaron…entiéndelo, yo sólo la liberé; ¿Pero la amaba?, le dije, enjugando las lágrimas con el dorso de mi mano, ¿amor?, tú no lo conoces…para ti sólo era un concepto, un soneto vacío, una poesía incongruente, un párrafo extraído de un libro ya olvidado, un …¡Calla!, maldito enfermo, le grité interrumpiéndolo, y se apoderó de mi una risa irracional y nerviosa; en un arrebato de violencia disparé a la ventana que se encontraba a su diestra y una explosión de fragmentos de vidrio cortaron su rostro a la altura del pómulo, la sangre emanaba de la herida con lentitud y descendía lánguidamente por su barbilla, generando en mí un placer cuyo origen radica en los más deleznable de mi ser, ese aspecto de mi personalidad que aborrezco y que daño de manera irreparable a las personas que amo.
Los trozos de la destruida ventana se encontraban dispersos por toda la habitación generando un escenario delirante de liberación y venganza, se abalanzó sobre mí y estalló en llanto a mis pies, suplicando piedad, débil, vulnerable. Inclinándome junto a él, le susurré en tono axiomático:…todo terminó, el dolor, tu angustia, la culpa, sólo un instante, un simple estallido de pólvora que acabara con el látigo fustigante del yerro cometido.
Puse el frío cañón de mi arma en su cien y un suspiro de alivio emanó tibio de mi boca formando un efímero vaho que se perdió en la penumbra, cerré mis ojos y me pregunté: si cuando nos miramos en un espejo, ¿es ese reflejo nuestra identidad o es una infeliz copia de nuestra propia miseria? Y nuestros recuerdos, ¿serán solo eso?; ¿ocurrieron en algún tiempo pasado o son simples vestigios de sueños que ya no sabemos diferenciar de la realidad?, quizás lo que vivimos es sólo una quimera que asumimos como cierta para no sucumbir ante la realidad que nos agobia. Fue así como concreté mi cobarde obra, oprimí el gatillo; y al abrir mis ojos, presencié como mi cuerpo se desplomaba, un reflejo claro en ese sucio espejo, sólo yo estaba en aquella habitación; sólo yo y ese espejo.
viernes, 7 de agosto de 2009
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Fernando, he ido leyendo cada una de tus entradas a medida que las has subido, me sorprendio cuando lei este, mas aun cuando leí mi nombre, siento tus palabras tan sinceras, que a mi me sobran, y me confunden. lo leo una y otra vez y no se que opinar porque aqui, distante de ti, al leer, es tu voz la que escucho.
ResponderEliminarTe amo.
Valentina.